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martes, 22 de diciembre de 2015

REDONDO DE TERNERA CON SALSA DE NUECES Y OPORTO (El resplandor)

Días de fiesta se avecinan. Días de grandes comilonas, de excesos, de perderse en la cocina durante horas y disfrutar de la pasión culinaria. En esta ocasión os traigo un maravilloso y omnipresente redondo de ternera con una sensacional salsa de Nueces de California y Vino de Oporto. 

El redondo es un corte de la carne sensacional para preparar asados, guisos, mechados... Suele ir acompañado de distintas guarniciones y salsas, de esas que consumen una barra de pan mojando. Hoy lo he preparado en cocotte (que nos permite cocinar los alimentos en su propio jugo) aunque ni que decir tiene, podéis usar una buena olla o rondón. Este plato es una delicia y muy típico para grandes festejos. Lleva su tiempo, su proceso, su técnica, pero el resultado - que vendrá dado por cómo se relamen los comensales - os valdrá la pena.

Para la ocasión le he pedido al gran Stanley Kubrick que me preste su aterradora obra "El resplandor" para celebrar unas Navidades de lo más cinematográficas. Que de eso se trata. Esto empieza ya, así que ya sabéis... ¡mandiles arriba!

REDONDO DE TERNERA CON SALSA DE NUECES Y OPORTO

Ingredientes (6 personas)

  • 1 redondo de ternera roja
  • 3 zanahorias
  • 1 cebolleta
  • 2 chalotas
  • 4 dientes de ajo
  • Unas pasas
  • 200 grs de champiñones
  • Un puñado de Nueces de California
  • 300 ml de vino de Oporto
  • Tomillo, laurel y romero fresco
  • Pimienta negra en grano
  • Sal y aceite de oliva
Para las patatas
  • 16 patatitas 
  • Romero fresco y dientes de ajo
  • Sal, pimienta y aceite de oliva
Película comparada (Tras receta)
  • "El resplandor" (Stanley Kubrick, 1980)
Ingredientes en escena...
Lo primero de todo es pedirle a nuestro gentil carnicero que nos prepare la carne para guisar. Eso supone que nos bride o nos ate una malla alrededor de la pieza. Así retendremos bien la carne a la hora de ponerla en escena para que mantenga su majestuosa figura.

El guiso paso a paso

En una cocotte o rondón echamos aceite de oliva y vamos a ir marcando el redondo a fuego vivo. Esto logrará retener los jugos y le daremos un bonito color dorado a la parte exterior. Con dos minutos por cada lado será suficiente. Retiramos.


En la misma cazuela con un poco más de aceite, vamos a ir sofriendo la cebolleta, las chalotas, la zanahoria - todas picadas - y el ajo, al que daremos un golpe para machacarlo ligeramente. Pochamos las verduras unos minutos. Incorporamos las hierbas y los granos de pimienta. Removemos.


Enseguida añadimos el redondo de ternera de vuelta a la cazuela y subimos el fuego. Vertemos el vino de Oporto. Dejamos que rompa el hervor y bajamos la potencia. Tapamos la olla y dejamos cocinar unos 45 minutos a fuego suave, sin prisa, a su ritmo. NOTA: Habrá que ir dando la vuelta al redondo cada 15 minutos. 


Mientras cocinamos la carne, vamos a preparar los champiñones y las nueces, que le van a dar un toque de sabor y de textura impresionante al plato.


En una sartén echamos un poco de aceite y añadimos los champiñones lavados con el ajo machacado o muy troceado y una pizca de sal. Dejamos que suelten el agua y se cocinen tranquilamente. Incorporamos las nueces y rehogamos todo el conjunto. Reservamos.

Volvemos al redondo. Pasado el tiempo de cocción sacamos la pieza y la dejamos reposar unos minutos. Trituramos la salsa sin la hoja de laurel. NOTA: Si tenéis Thermomix os dejará una salsa muy fina que no habrá que colar. Si lo hacéis con batidora, habrá que colar la salsa.

Pasamos la salsa a la cazuela junto con el redondo y dejamos hervir unos 10 minutos. Sacamos de nuevo la pieza y vertemos el sofrito de champiñones y nueces junto a unas pasas. (Este toque se lo di a última hora, y le aporta un dulzón muy bueno al plato, aunque lo podéis omitir) Dejamos reducir hasta tener una salsa densa y espolvoreamos perejil fresco picado.


Para las patatas 

Precalentamos el horno a 180º. 

Pelamos las patatitas y las ponemos a cocer en agua durante 10 minutos. Colamos y las pasamos a una bandeja de horno. Dejamos cocinar unos 20 minutos. Las sacamos y las aplastamos ligeramente con un machaca-patatas o con un tenedor. 

En un bol echamos el romero, los dientes de ajo enteros, aceite de oliva y sal. Mezclamos y vertemos sobre las patatas. Volvemos a meterlas en el horno otros 15 minutos y listo. 


NOTA: Si queréis ahorrar tiempo en este paso podéis usar patatas cocidas de bote y saltearlas en una sartén con aceite y las especias hasta que cojan un bonito color dorado. 

Emplatado

Cortamos la carne en rodajas iguales con ayuda de un tenedor trinchante y un cuchillo eléctrico o un cuchillo bien afilado y disponemos los trozos en una bandeja. Acompañamos con las patatitas aromáticas y regamos la carne con la salsa caliente. Haceos con un buen vino, una buen pan rústico y a disfrutar en familia. ¡Que aproveche, hitchcookian@s! 

Película ideal para degustar este plato
THE SHINING
("El resplandor" de Stanley Kubrick, 1980)


Pese a que la receta respira evento festivo por todos sus poros, el cuerpo me pedía salirme de los clásicos del cine navideño sin perder ese toque invernal que hoy por hoy nos ocupa. La fiereza del redondo de ternera me invitaba a fantasear con un monstruo culinario, una pieza inconmensurable que gobernase por completo el plano y el plato. Así que tenía entre las manos el invierno y un protagonista gigantesco. Poco tiempo me ha llevado mi alocada mente hacia esa obra maestra del terror psicológico acometida por Kubrick a principios de los ochenta, a ese hotel aislado donde acaecen los terribles acontecimientos de "El resplandor".

Habían pasado cinco años desde la última incursión en el celuloide del genio Kubrick (la épica "Barry Lyndon") cuando decidió adaptar (a su buena pluma) el popular best-seller de Stephen King. Era su primer (y último) acercamiento al género del terror, y quería sentar cátedra y asentar sus propios cimientos creativos con una obra aterradora. En manos de Kubrick la novela cobra otro ritmo, otra potencia visual, otra dimensión en el miedo cotidiano y un nivel de detallista jamás visto. No es raro pensarlo, ya que el perfeccionismo obsesivo del director llevo a repetir una y otra vez una infinidad de escenas (148 veces  la secuencia en la que explican a Danny qué es "el resplandor", 40 tomas para el asesinato a hachazos de Halloran, 50 tomas para que el niño cogiese la pelota amarilla o 60 puertas utilizadas para el gran momento de: "Here's Johnny!")

Kubrick era milimétrico en el guión, en la dirección, en la fotografía, en el decorado, en la actuación. Toda esa locura logró materializarse en una obra inclasificable, que va creciendo en intensidad, en tensión y llenando al espectador de una agonía pocas veces vivida. La historia nos plantea la llegada de una familia a un hotel de las montañas de Colorado para encargarse de las instalaciones durante la época invernal. Sin saberlo, se alojan en un edificio maldito que irá trastocando la personalidad del padre (Jack Torrance, un perturbado, exagerado y maravilloso Jack Nicholson) y tiñendo de sucesos paranormales la "apacible" estancia a la mujer y al niño. Laberintos helados, gemelas en pasillos, riadas de sangre, habitaciones prohibidas (la 237) o visiones de asesinatos son sólo algunos elementos que usa el maestro Kubrick en "El resplandor" para petrificarnos en el asiento y hacernos jadear.

Nuestra receta empieza gozando de un elemento visual similar al de ese edificio que se asienta en las entrañas del monte. El Hotel Overlook es como nuestro redondo de ternera: una pieza majestuosa rodeada de nieve (otorgado por el blanco puro de nuestra bandeja) por el que surca un río de salsa (o sangre brotando por los pasillos otorgado por el color del Oporto) que encierra numerosos misterios por desvelar. En su interior hay nueces, hay champiñones, hay pasas, hay verduras... hay paranoia, hay fantasmas, hay visiones, hay voces, hay miedo...

Pero desde el punto de vista actoral también me topo con similitudes dado que el protagonismo total de la obra recae sobre los poderosos hombros de Nicholson (una curiosidad: Stephen King prefería a Jon Voight o a Robert De Niro para el papel porque, según sus palabras, "Jack Nicholson tenía cara de perturbado desde el principio", afortunadamente primó el criterio de Kubrick) y que nuestra receta es dominada por la omnipresencia del redondo de ternera. Esa pieza que sobresale del plato (casi como anunciándose por una resquebrajada puerta), que se nos muestra en toda su crudeza, sin compasión, troceada, como lo está la mente de ese afable escritor...

El proceso del cocinado de la carne se asemeja a la evolución tenebrosa que sufre Jack Torrance. En un principio es un hombre tranquilo, padre de familia, marido cortés, que sólo busca un poco de calma, lejos del mundanal ruido, mientras trabaja en su próxima novela. Una persona firme - como el redondo -, con los cables bien atados - o bridados - y puro, sin artificios, sin aliños, sin sobresaltos. Poco a poco el fuego de la sartén, la presencia de elementos-ingredientes extraños y del vino de Oporto, irán modificando su esencia. En su interior se va calentando una nueva personalidad, un nuevo sabor, un nuevo color. Su apariencia sonrosada de los comienzos se va tornando oscura (o dorada) y sus jugos terminarán por explotar contra su familia, contra su acompañamiento. 

Torrance sufre delirios, ve presencias fantasmagóricas, habla con muertos, obedece sus órdenes, su cerebro es una cocotte a punto de implosionar. Carga su hacha o su cuchillo eléctrico para sembrar de horror las vidas de su mujer y su hijo. Persecuciones en las tripas del hotel, en baños, asesinatos (en realidad sólo hay uno en toda la película), en los gélidos senderos de un laberinto nevado... Y al final termina congelado, inmóvil, postrado en una tumba de hielo, tal vez en una bandeja. 

"El resplandor"es sin duda alguna una de las mejores experiencias terroríficas que se han vivido y se vivirán en el cine. Tiene uno de los grandes villanos del celuloide, frases memorables, secuencias para el recuerdo (el que quiera recordarlas), un final sorprendente, belleza plástica, nuevas técnicas de rodaje (steady cam siguiendo el triciclo por los pasillos) y un ritmo muy bien medido que nos lleva desde la calma hasta la absoluta tempestad. Así es nuestro redondo: una pieza apacible que con el tiempo se va tornando en violenta, en una amenaza, en un monstruo culinario que no te dejará escapar. 

Torrance escribía una y otra vez: "All work and no play makes Jack a dull boy" ("mucho trabajo y nada de juegos hace de Jack un chico aburrido"). Pues escribamos otra historia y juguemos a cocinar este fantástico redondo de ternera con salsa de nueces y oporto. Resplandecerá en la mesa.

domingo, 29 de noviembre de 2015

CHULETAS DE LECHAL CON SALSA DE NARANJA Y PURÉ DE BONIATO (La naranja mecánica)

Una receta con tanta importancia "naranja" (tanto como ingredientes como resultado visual) estaba condenada a convertirse en mi "drugo" culinario y ser asemejada a la inclasificable, brutal y demoledora "La naranja mecánica". 

Hoy le pido al maestro Kubrick que me eche un cable para preparar este delicioso plato de chuletas aromatizadas con naranjas y acompañadas de un maravilloso puré de boniatos. Vamos a darle una vuelta a este producto y a sacarle partido en sartén, sin complicarnos la vida. Dulzor, amargor, crujiente... aquí se dan cita todo tipo de fragancias y texturas, como en la película. Una receta psicodélica y contundente musicalizada por Beethoven. El mecanismo de la naranja se pone en marcha y nosotros... ¡Mandiles arriba!

CHULETAS DE LECHAL CON SALSA DE NARANJA Y PURÉ DE BONIATO


Ingredientes (2 personas)
  • 12 chuletas de lechal
  • 100 ml de zumo de naranja 
  • 1 chorrito de Brandy
  • 10 nueces de California
  • 2-3 cdas de azúcar moreno
  • Comino en polvo
  • Sal, pimienta negra y aceite de oliva
Para el puré de boniato o batata
  • 2 boniatos
  • 1 chalota (o 1 diente de ajo y una cebolla pequeña en mi caso)
  • Caldo de pollo o de verduras (para la cocción)
  • Cilantro y salvia
  • Sal, pimienta y aceite de oliva
Tiempo
  • 30 minutos 
Película comparada
  • "La naranja mecánica" (Stanley Kubrick - 1971) --- Tras receta 

El puré de boniato

Pelamos los boniatos y lo troceamos en cuadraditos. Lo ponemos a cocer en caldo de pollo o de verduras hasta que esté muy tierno. Colamos.




Picamos la cebolla y el ajo y los ponemos a rehogar en la misma cazuela con un poco de aceite. 

Agregamos el boniato cocido y lo salteamos. Vamos aplastando el boniato con ayuda de la cuchara de madera o de un "potato smasher" (machaca-patatas) hasta obtener un puré. Añadimos las hierbas picadas y ponemos a punto de sal. Listo.

NOTA: Si quieres aprender más técnicas y trucos para purés te dejo un muy buen post de Lazy Blog sobre el tema.

La salsa y las chuletas

En un bol mezclamos el zumo de naranja - mejor si es recién exprimido -, el Brandy - o el Coñac -, el azúcar moreno y el comino en polvo. Removemos bien.

Salpimentamos las chuletas de cordero por ambas caras y las ponemos a freír en una sartén con aceite. Dejamos que se doren bien.


Incorporamos la mezcla del bol (yo añadí a última hora un poco más de azúcar moreno) y dejamos que reduzca y se caramelice. Vamos removiendo suavemente la sartén o el rondón para que las chuletas se impregnen bien.

Añadimos las nueces y damos un último hervor mezclando todo. Emplatamos las chuletas y moldeamos el puré con ayuda de dos cucharas grandes (como para las croquetas) Regamos con la salsa y disponemos las nueces por encima. El olor ya es una delicia, ¿verdad? Pues no perdáis tiempo y a mancharse. ¡Que aproveche, hitchcookian@s!

Película ideal para degustar este plato
A CLOCKWORK ORANGE
("La naranja mecánica" de Stanley Kubrick - 1971)



Naranja. Color e ingrediente predominante de la receta gracias a la salsa y al puré. Esa salsa que baña o tiñe las chuletas se convierte a nuestros ojos - siempre alocados - en el hilo conductor de la receta. Todo se amalgama gracias a ella. Cobra sentido. Potencia el sabor. Nos conduce inexorablemente hacia ese Londres futurista que ideó primero Anthony Burguess en tinta, y luego Kubrick en pantalla. Nos lleva al universo violento, multicolorido, psicotrópico e implacable que supone "La naranja mecánica". Una obra tan arrolladora como compleja. E indudablemente maestra.

En el año 71 el maestro Kubrick ya había consagrado su visión del cine. Había canalizado géneros de lo más variopintos y les había dotado de su particular concepción. Trabajó con la guerra ("Senderos de gloria"), con la ciencia-ficción ("2001, una odisea en el espacio"), con la comedia bélica ("Teléfono rojo, volamos hacia Moscú"), el film-noir ("Atraco perfecto") y la epopeya ("Espartaco"), y en la década entrante tenía la mirada puesta en adaptar un libro estremecedor, complicado, inusual, polémico, devastador... Y lo hizo de una manera descarnada. Pocas veces se han conjugado de manera tan brillante elementos como la música clásica, la dirección artística, la interpretación y la historia. Kubrick plasmó un mundo lleno de detalles y los hizo bailar ante nuestros ojos de forma maravillosa. Todo encajaba. Ningún plano era al azar. Todo nos generaba una sensación de desahogo.

"La naranja mecánica" supuso un latigazo visual y narrativo en la sociedad, que vieron una apología en carne viva de la violencia desatada. El personaje central, Álex (el papel de su vida para Malcolm McDowell) simboliza un mundo decadente, vacío de moral, donde predomina la anarquía individual y la maldad humana. Alex y sus "drugos" se dedican a saborear la crueldad que supone atemorizar y castigar a todo el que se ponga por delante. Baste como muestra la paliza al vagabundo o el asalto y la violación a la mujer en la casa (Home) mientras tararea insolente y amenazante Singing in the rain.  Conductas atroces, crudas, sin responder a un criterio claro y que, por consiguiente, aterraron aún más a los espectadores de la época. Todo era demasiado real...

Nuestra receta nos muestra cuatro chuletas de lechal expuestas sobre el plato. La mente chiflada nos lleva a convertirlas en ese grupo ultra-violento liderado por el irónico y letal Álex. Un elenco de monstruos, ataviados con bastones - o huesos - y que se nos muestran crudos, crueles, sangrientos, salvajes, la imagen de la virulencia. Una actitud en el plato que lleva a someter al protagonista a una ejemplar re-educación para destruir de su mente todo atisbo antisocial. 

Su presencia no es otra que la de un ser no-cocinado, que necesita un lento proceso de adaptación a la sociedad - o a nuestro paladar - para ser apto y comestible. Tal proceso corre a cargo de esa salsa de naranja, brandy, azúcar, que poco a poco va transformando los toscos trozos de cordero en seres idóneos para convivir en nuestra comunidad, o en nuestra mesa. Cuando por fin logramos ese toque anaranjado y caramelizado en la piel, sabemos que nuestra misión ha tenido éxito. 

Nuestros ojos - abiertos de par en par, como los de Álex durante su tratamiento - presencian esa fantasía psicodélica de colores que van tiñendo la sartén y el puré. El diablo se va ablandando, cocinando, sometiendo a la voluntad de la sociedad. Su carne se desgarra con facilidad por fin del palo y sus ansias de locura criminal se disipan al tiempo que la salsa social baña su comportamiento y le vuelve dócil y maleable. 

"La naranja mecánica" es una pieza inclasificable, brutal, demoledora, y que consigue generarnos sensaciones contradictorias. Kubrick es un artesano-cocinero de la imagen y supo como nunca extraer del espectador sus temores más ocultos. Se amalgaman emociones como el miedo, la compasión, la rabia, el asco, la frustración, la esperanza, la venganza... Ante nosotros tenemos un grupo de chuletas con sabores variopintos. Cada bocado es una mezcla de aromas y texturas: la acidez de la naranja, el dulzor del azúcar, el crocante de la nuez, la melosidad del puré... Cuando lo combinamos todo obtenemos una "naranja mecánica" en el paladar. 

Sólo nos faltaría servirnos un cóctel Moloko y poner a todo volumen la 9ª Sinfonía de Beethoven para formar parte de ese universo que sólo un genio como Kubrick pudo recrear. Que ustedes lo disfruten y lo "videen" bien... 

miércoles, 26 de agosto de 2015

BARRITAS DE MANTEQUILLA DE CACAHUETE, CHOCOLATE Y GALLETA (Lolita)

Se acerca el pecado. Es momento de lanzarnos a la aventura pasional de preparar un postre o merienda (o simplemente bocado) tan maravilloso y sencillo de preparar que no te lo vas a creer. Para amantes del dulce, del chocolate, de los sabores intensos y, sobre todo, para los que no tengáis horno y queráis sorprender con un trabajo de repostería de altura. Muy pocos ingredientes (tal vez el más complicado de conseguir sea la mantequilla de cacahuete) y muy poco tiempo de elaboración son los mejores aliados de esta receta que fascinará por su "look" marmolado y su potencia de sabor. Hoy nos ponemos reposteros... ¡Mandiles arriba!

INGREDIENTES

200 grs de galletas tipo Digestive
70 grs de matenquilla derretida (sin sal)
120 grs de Mantequilla de cacahuete

Para la cobertura de chocolate
200 grs de chocolate (50%-60% cacao)
60 grs de mantequilla de cacahuete


Tiempo: 20 minutos (+ 2 horas en frigorífico)
Película comparada: "LOLITA" (Tras receta)

Para poder llevar a cabo este dulce debemos tener a mano una buena trituradora o la Thermomix. Así nos garantizaremos que todo el tema del triturado y la mezcla nos salga lo más homogénea posible.

Lo primero de todo será derretir la mantequilla. Para ello la pesamos y la metemos unos 20 segundos en el microondas a máxima potencia. Sacamos y reservamos.

Introducimos las galletas en el vaso y las trituramos bien. Añadimos la mantequilla derretida y los 120 grs de mantequilla de cacahuete. Mezclamos de nuevo todo hasta conseguir una masa bien mezclada y manejable. 


En un recipiente cuadrado extendemos una tira de papel de horno (podemos engrasar ligeramente la base para hacer que "se pegue" bien) Colocamos la masa preparada y extendemos con cuidado con una lengua hasta cubrir toda la base (tal cual os muestro en la foto)


A continuación vamos a derretir el chocolate al baño María. Para ello colocamos una pequeña olla o cazo al fuego con un poco de agua. Cuando hierva (a fuego moderado) ponemos encima un bol de cristal y echamos las onzas de chocolate. Vamos removiendo suavemente hasta que se derrita por completo. Con cariño, que no hay prisa... 


Cuando lo tengamos listo apartamos y cubrimos toda la capa de galleta con el chocolate derretido. Ahora colocamos una sartén al fuego y echamos la mantequilla de cacahuete restante (60 grs) Removemos hasta derretirla por completo. Ahora llega la parte divertida y creativa.


Con una cuchara vamos vertiendo líneas por todo el chocolate. Un poco a lo loco pero con gracia. Cogemos un cuchillo pequeño o puntilla y vamos "dibujando" la mantequilla sobre el chocolate. Ahí tirad de imaginación, dejaos llevar, sin miedo... 


Llevamos nuestro molde ya preparado al frigorífico y dejamos que se endurezca durante 2 horas. Al sacarlo dejamos unos 15 minutos a temperatura ambiente antes de cortarlo. Este es el resultado:




Todo un espectáculo para la vista y para el paladar ya ni os cuento. Una manera sencilla y muy lucida de preparar un dulce en tiempo mínimo y sin enloquecer con tiempos de horno y demás. Espero, deseo, ansío que lo hayáis disfrutado y que estas barritas caigan próximamente en vuestras cocinas. ¡Que aproveche, hitchcookian@s! 

Película ideal para degustar este plato
"LOLITA" 
(Stanley Kubrick, 1962)

Deseo. Pasión. Tentación. Pecado. Lujuria. Apetito. Estos son algunos adjetivos que podrían definir este dulce plagado de "pecados culinarios". Pero, obviamente, también hay que echar la vista hacia su comparación cinéfila y dar con la tecla adecuada.

En el séptimo arte se han plasmado infinidad de "tentaciones femeninas" que, generalmente, han llevado a hombres a la desesperación más absoluta. "Gilda" (Rita Hayworth), "Forajidos" (Ava Gardner), "Perdición" (Barbara Stanwyck), "La tentación vive arriba" (Marilyn Monroe) o hasta Jessica Rabbitt (por ponernos ya locos perdidos) son algunos ejemplos de cómo una mirada sensual, un giro de cabeza o un leve contoneo al andar pueden llevar a la locura a cualquier desdichado.

En esta ocasión todo el elemento de "dulce naïf" le va que ni pintado a la más polémica y controvertida pasión oculta que ha dado la literatura y el cine. Una obsesión que roza lo ilegal, hablamos de "Lolita".

La magistral novela homónima de Nabokov (que también se encargó de la adaptación) encontró en el talento del maestro Kubrick el aliado perfecto para consumar visualmente su pieza literaria. En el año 62 Kubrick ya se había consolidado como una de las mentes más despiertas, atractivas, audaces y sugerentes del panorama hollywoodiense. Tras cosechar éxitos internacionales como "Senderos de gloria", "Espartaco" o "Atraco perfecto", el genio se lanza a un melodrama de corte sexual.

"Lolita" abarca un abanico de sentimientos humanos y los lleva al extremo máximo. La historia se centra en la obsesión enfermiza de un hombre maduro (James Mason magnífico como el profesor Humbert Humbert) por una adolescente frágil e inexperta (Sue Lyon, sensual a más no poder). Es tal su locura que accede a casarse con la madre (Shelley Winters) de la chica por poder estar más cerca de su joven deseo. A partir de ese momento se desatan los celos, las pasiones frustradas, las ansias, la locura, el ardiente anhelo de una posesión imposible, casi inhumana... 

"Lolita" es pura sexualidad (pese a lo poco que se muestra; lo que se sugiere es lo apasionado, a saber los créditos mientras pintan las uñas de los pies: fetichismo en toda regla) aderezada con romance, comedia (impresionante el contrapunto que nos da durante toda la película el personaje verborreico de Peter Sellers) y cine negro. Una mezcla de comportamientos humanos que desencadenan todas las pasiones ocultas de los personajes. Kubrick quería eso: desatar la tormenta emocional de inseguridades y frustraciones. Y vaya si lo consigue...

Nuestra receta tiene de inicio ese "toque kubrickiano" de fascinación por un ser (o plato) de corte adolescente. De alguna forma esquizoide nos convertimos en ese cuarentón fascinado por la dulzura que hay ante nuestros ojos, por ese "bocado" pecaminoso que nos morimos por dar.

Como en la película, nosotros realizamos una mezcla contundente de ingredientes que se nos antojan como pura tentación. El chocolate, la galleta, la mantequilla de cacahuete... son destellos de esa pasión inicial que se va gestando en la mente del desdichado profesor. Poco a poco, lo que parecía una simple fijación, se va convirtiendo en todo un torbellino de pasión, de líbido culinario...

Humbert decide inmiscuirse en esa familia casándose con la madre de Lolita. Se integra dentro del proceso de preparación, casi como la mantequilla derretida, que pasa desapercibida, pero ahí está, formando parte del grueso de la base. Cuando la capa de chocolate (que en nuestra cabeza chiflada parece casi como una materialización de la oscuridad que se va ciñendo sobre Humbert) cubre toda la superficie, sabemos que se ha cruzado la línea de la cordura y que, a partir de ahí, sólo puede venir tragedia, confusión, celos irrefrenables, amor enfermizo...

Y he aquí donde vemos ese símil emocional en las múltiples líneas que la mantequilla de cacahuete va produciendo en el chocolate. La mente del profesor se emborrona por completo, se tiñe de latigazos de deseo incontrolable. Es como ver la representación de esa caída a los infiernos, donde todo es caos pero, de alguna forma, mantiene la belleza de la mirada diablesca y angelical de Lolita bajo sus gafas de corazón...

Llegó la hora de pecar... 

viernes, 4 de julio de 2014

BUFFALO WINGS (La chaqueta metálica)

INGREDIENTES (4 personas)
10-12 alitas de pollo partidas
3 cdas de harina
1 cda de pimentón dulce
Orégano seco
Sal, pimienta y aceite de oliva

Para la salsa Buffalo 
50 grs de mantequilla
150 grs de salsa picante
1 cucharadita de ajo en polvo
1 cucharadita de cebolla en polvo
1 cucharadita de pimentón (mejor dulce)
1 cucharada de Salsa Perrins
1 cucharadita de azúcar
Sal al gusto y pimienta negra
Hoy es 4 de Julio. Para la mayoría de mortales es sólo un viernes más, que no es poco. Pero cruzando el gran azul oceánico nos topamos con la festividad por excelencia de Estados Unidos: el día de la independencia. Es una ocasión perfecta para dejarnos llevar por su popular gastronomía y deleitarnos con unas alitas bien picantes. La salsa Buffalo es de esos condimentos que desafían a tu paladar, que ponen a prueba su resistencia. Yo amo el picante. De ahí que esta receta haya sido un grato descubrimiento para mi alocado gusto... 

Está claro que podéis hacer la salsa más o menos picante, tampoco se trata de arruinar la comida a nadie, pero para los amantes del fuego, os diré que seáis generosos, que busquéis el límite... Eso sí, recordad que el ardor no se quita con agua, se quita con leche. Lo digo para evitar incendios inesperados. Silencio... se cocina.

Lo primero de todo es dejar el rebozado listo de las alitas. Para ello limpiaremos bien el pollo de posibles plumas o huesecillos que no nos convengan. En un bol colocamos la harina, el pimentón, el orégano, la sal y la pimienta. Lo mezclamos bien. 

Rebozado en preparación...

Disponemos las alitas (ya partidas por nuestro gentil pollero) en el bol y removemos bien con las manos. Que se impregnen de la mezcla por todas partes. Dejamos reposar en la nevera por lo menos 1 hora. 
Pollo bien cubierto con nuestro rebozado.

Como tenemos tiempo de sobra, podemos ir dejando lista la salsa Bufalo. Podéis comprar una salsa picante ya preparada y con la graduación que más os plazca. Pero si queréis algo más suave podéis mezclar 100-125 grs de agua con un poco de harissa (salsa picante árabe) o tabasco. Así medís vosotros el punto de picor. 

En cualquier caso, el procedimiento sería el siguiente. En un cazo echamos la mantequilla y esperamos a que se derrita (a fuego medio). Luego añadimos la salsa picante, la Salsa Perrins, el ajo, la cebolla molida, el pimentón, el azúcar, la pimienta y la sal. Removemos con suavidad y dejamos que se cocine a fuego bajo durante 10 minutos más o menos.


Una vez terminada, apartamos del fuego y dejamos enfriar. 

Volvemos a las alitas. En una sartén o freidora con abundante aceite caliente, vamos friendo nuestras alitas por tandas. Quitamos el exceso de harina si hiciera falta. 

En plena faena...
Las vamos sacando a un plato con papel absorbente para eliminar el exceso de aceite. Las vamos pintando con la salsa Buffalo. Veréis que con el calor la salsa se va fundiendo sobre la carne y la piel, dejando la alita con un bonito glaseado. 

Hay muchas recetas que vierten más cantidad de salsa (directamente las bañan) pero yo peco de finura y me basta con un ligero maquillaje, que las hace brillar y parecer más elegantes. Pero como siempre, vuestro gusto en la cocina es el único líder al que debéis seguir. ¡Que aproveche, hitchcookianos!

The end
Película ideal para degustar este plato

FULL METAL JACKET
("La chaqueta metálica" de Stanley Kubrick - 1987)

Pocas cosas hay más americanas como el 4 de Julio. Tal vez los rodeos, la Declaración de los Derechos Humanos, el himno nacional, la Estatua de la libertad, la comida rápida y, desde luego, la guerra de Vietnam. Un conflicto llevado hasta la saturación por el séptimo arte, que encontró en la cruel contienda, un escenario idílico para la crítica al poder, la protesta social, la sublevación generacional y el cambio ideológico en la mentalidad de su encorsetada sociedad. Hay infinidad de ejemplos (y algunos sublimes) sobre esta batalla. Pero como a mí me pierde Kubrick y su devastador ojo cinematográfico, no me he podido resistir a comparar esta receta "Made in U.S.A" con su polémica y descorazonadora pieza La chaqueta metálica.

El maestro Kubrick (sumo hacedor de obras del calibre de Senderos de gloria, La naranja mecánica, Atraco perfecto o Barry Lyndon) llevaba 7 años en el dique seco desde El resplandor. Su talento y había tocado todos los géneros y necesitaba una reinvención. Un punto de giro. Su interés se centra en la guerra de Vietnam y en cómo un grupo de chavales inocentones acaba transformándose en una manada de robots teledirigidos por cuyas venas sólo corre la destrucción. Y como es Kubrick focaliza esa "mutación" en dos partes: el entrenamiento atroz a cargo de un implacable sargento y la batalla en sí misma. Donde la inocencia muere con cada silbido de bala... 

Kubrick ya había coqueteado con el antimilitarismo en la grandiosa Senderos de gloria, pero en La chaqueta metálica va más allá y le suma un antibelicismo feroz. Sus soldados son máquinas, seres despojados de su ideal y lanzados contra el enemigo sin ningún miramiento. La reflexión de Kubrick sobre el ser humano no puede ser más desoladora. Y pese a todo hace prevalecer esa dualidad existencial que queda perfectamente reflejada en los dos códigos que decoran el casco: Born to Kill (Nacido para matar) y el símbolo de la paz. Puro simbolismo. Pura contradicción. Puro Kubrick.

Nuestra receta se sostiene inicialmente en el elemento meramente americano: la guerra de Vietnam. Una contienda que suscitó grandes detractores y activistas contra los intereses políticos y militares de la sociedad americana en los años sesenta y setenta. 

Pero seamos Kubrick. La primera parte de La chaqueta metálica se asienta en el duro entrenamiento al que son sometidos los futuros marines. Nuestras alitas de pollo llegan a nuestro campamento (o cocina) en un estado crudo, inmaculado. A fuerza de pruebas, castigos y novatadas (rebozados, macerados y frituras) van recubriendo su coraza con la fuerza del aceite caliente y una buena salsa picante. Su transformación se vuelve total. Un grupo de alitas que ya no volverán a ser lo que eran, que se mantienen unidas en nuestro plato-barracón.

En la segunda parte, Kubrick lanza a sus personajes (las alitas) al foco de la batalla: Vientam. Allí su aprendizaje bélico es cuando se pone de verdad a prueba. Nuestras alitas permanecen como una patrulla que camina por lo desconocido del plato. Y que de pronto se ven asediadas por un francotirador fantasma. Surge entonces la guerra contra el invisible enemigo. La sangre se hace esta vez real. Es su sangre la que brota, como una brillante salsa Buffalo, y nada de lo aprendido puede hacerles superar el horror. La tragedia. El desolador impacto de la guerra en sus propias carnes (de pollo)

De ese modo convenimos que nuestra receta surge como un batallón de soldados que han mutado de inocentes chicos a letales guerrilleros. El entrenamiento entre sartenes al que les hemos sometido es el destino que nosotros hemos causado. No hay vuelta atrás. Nosotros mandamos, porque para eso somos los sargentos de nuestra cocina...