jueves, 12 de enero de 2017

PAN CASERO DE TOMATES SECOS Y ORÉGANO


Hacer pan en casa se está convirtiendo, por suerte, en una afición cada vez más extendida. Y no es de extrañar, si las cosas cuando las haces tú, siempre están mejor, elaborar tu propio pan es una sensación especial. Cierto es que cuesta, que lleva su tiempo, que se cometen muchos errores hasta dar con "uno" que te haga sentir orgulloso. Pero ahí está el bonito reto de probarte en la cocina, de ver tus límites y, sobre todo, superarlos.

En esta ocasión he realizado un pan aromatizado con orégano y con unos tomates secos. Un bocado ideal para acompañar ensaladas frescas, o una tabla de quesos o para dar vida a un desayuno. Imaginaos un chorrito de aceite de oliva Virgen Extra por encima y un ajito frotado... 

Yo todavía soy un "amateur" en el univero "panarra" pero me motiva cada vez más. Sé que tengo que trabajar y experimentar mucho más para automatizar las técnicas, los amasados, los tiempos y las clases de harina (que esa es otra) pero con paciencia y ganas lograremos que las cocinas se inunden de ese maravilloso aroma a panadería... ¿Nos ponemos? Pues vamos allá. ¡Mandiles arriba!


Ingredientes (2 panes)
  • 500 grs de harina de fuerza
  • 50 grs de tomates secos
  • 1 cita de orégano seco
  • 12,5 grs de levadura fresca (1/2 pastilla)
  • 300 ml de agua
  • 20 grs de aceite de oliva virgen extra
  • 8-10 grs de sal
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En un poco de agua (como medio vaso) diluimos la levadura fresca. Dejamos que repose a su ritmo mientras nos metemos "en harina".

En un bol grande mezclamos la harina con el azúcar y el orégano. A mano, sentid la mezcla, que de eso va esto, de experimentar sensaciones.


Añadimos la levadura disuelta y el resto del agua. Hacemos una primera mezcla dentro del bol. Que vaya cogiendo cuerpo y vayan actuando los componentes. Dejamos reposar 30 minutos tapado.



Por otro lado trituramos los tomates secos, o bien con picadora o a cuchillo (yo opté por la segunda opción). Lo bueno es que queden trozos pequeños pero visibles, que se noten luego al masticar y degustar.


Añadimos por último la sal y el aceite de oliva. Mezclamos una vez más.


Vamos mezclando y amasando con calma dentro del bol. Lo vertemos en una mesa de trabajo bien lisa y limpia. Ahora toca trabajar hasta obtener una masa homogénea. Hacemos una bola y la colocamos de nuevo en el bol (ligeramente aceitado), cubrimos con un paño y dejamos que repose 1 hora. Sin prisa, a su paso...


Dividimos la masa en dos mitades o panecillos y les damos forma alargada. NOTA: Puedes meterlos en un molde especial para que cojan la forma. Los volvemos a cubrir con un paño y dejamos que fermenten una segunda vez durante 1 hora o hasta que dupliquen su tamaño.


Precalentamos el horno a 220º. Luego lo bajaremos...

Les practicamos un "greñado" con un cuchillo afilado. Cortes transversales, a lo largo, pequeñas líneas decorativas... ahí ya manda tu criterio artístico y gusto culinario.

Bajamos la temperatura a 190º y los horneamos durante 30 minutos. NOTA: Para obtener vapor en un horno convencional y que así nos quede crujiente la corteza, lo provocamos echando un poco de agua en la bandeja de abajo del horno o unos cubitos de hielo. Controlad bien eso porque una cosa es crujiente y otra duro de narices...

NOTA 2: Sabremos que el pan está cocido cuando golpeemos la base y suene a hueco.


Sacamos el pan y lo dejamos enfriar en una rejilla. Y listo, ya tenéis a mano un espectacular pan casero de tomates secos y orégano para combinar todo tipo de platos, tostas o desayunos. 

¡Que aproveche, hitchcookian@s! 

lunes, 9 de enero de 2017

AGUACATES CON LANGOSTINOS Y PEBRE CHILENO (La muerte y la doncella)

En tiempos de dietas, batidos detox y miradas culpables a la báscula, conviene no perder el rumbo y seguir con nuestras recetas sanas, pero sin perder vistosidad. En esta ocasión hago un remake de un plato del chef Gonzalo D'Ambrosio (al César lo que es del César) con estos Aguacates con Langostinos y Pebre chileno, para satisfacer vuestro paladar y calmar a vuestra mente tras los excesos navideños.

Muchas recetas nos hablan de "aguacates rellenos" donde incluimos los ingredientes dentro de la propia carcasa, pero esta vez sacamos toda la carne y lo convertimos en el recipiente. Sobre él, o más bien, dentro de él, caerá un pebre chileno. Uno de los platos más típicos de la cocina de Chile, una suerte de picada vegetal (parecida al pico de gallo mejicano) y bien aliñada con aceite, limón y cilantro. Perfecta para acompañar todo tipo de recetas de asados, carnes, pescados, tacos... 

Para la ocasión gastro-cinéfila le pido al genio Roman Polanski que me preste su sublime thriller psicológico "La muerte y la doncella" para la consabida comparación. Así que hoy nos embarcamos en un viaje a las entrañas más crueles del ser humano donde se mezclan emociones e ingredientes de lo más variado. Un plato espectacular, sencillo, vertiginoso y muy aromático para arrancar el año. ¡Mandiles arriba!

Aguacates con Langostinos y pebre chileno

Ingredientes (4 personas)

  • 2 aguacates maduros (de buena calidad)
  • 15 langostinos cocidos y pelados
  • 4 tomates maduros
  • 1 cebolla morada
  • Pimiento rojo, verde y amarillo
  • Zumo de 1 limón o lima
  • 2 dientes de ajo
  • Cilantro fresco
  • Mayonesa casera 
  • Sal, pimienta negra y Aceite de oliva Virgen Extra
  • 1 chile picado o Salsa Tabasco (al gusto, pero que se note)
Tiempo: 15 minutos
Película comparada: "La muerte y la doncella (Roman Polanski, 1994)


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Los aguacates

Partimos por la mitad los aguacates y les retiramos el hueso dando un golpe firme con el filo del cuchillo y girándolo (saldrá con facilidad). Con ayuda de una cucharilla de café vamos vaciando con cuidado la carne. NOTA: Tiene que salir de una vez, así que paciencia y mimo. Vamos rodeando el aguacate por la piel hasta obtener la pieza completa.

Dejamos las cuatro mitades en una bandeja. Aún no ha llegado su turno... NOTA: Podemos cortar ligeramente la base para que apoye bien.

El pebre chileno

Lavamos y picamos los tomates y los cortamos en brunoise (trocitos pequeños). Pelamos la cebolla morada y la cortamos en juliana fina. Lavamos los pimientos - incluido el chile, si hemos decidido incluirlo en la receta - y los troceamos. Y hacemos lo mismo con los dientes de ajo, que queden muy picaditos. 

En un bol echamos todos los ingredientes troceados, exprimimos sobre ellos el zumo de limón o de lima (o una mezcla de ambos), salpimentamos, espolvoreamos cilantro fresco picado y un buen chorro de buen aceite de oliva Virgen Extra. Mezclamos todo bien.

La mayonesa

Echamos en un vaso alto un huevo, sal y un poquito de vinagre o zumo de limón. Añadimos 2-3 dedos de aceite suave, bajamos la batidora y emulsionamos hasta obtener una textura cremosa. Bajamos y subimos un par de veces el brazo de la batidora y listo. 

Emplatado 

Disponemos las mitades de los aguacates en un plato. Rellenamos generosamente con el "pebre chileno" aliñado. Colocamos encima los langostinos cocidos y pelados y bañamos todo con una buena capa de mayonesa casera. Espolvoreamos un poco más de cilantro fresco y unas gotas de lima y listo. ¡Que aproveche, hitchcookian@s! 

Película ideal para degustar este plato
DEATH AND THE MAIDEN
("La muerte y la doncella" de Roman Polanski, 1994)

Iniciamos las locas comparaciones gastro-cinéfilas del recién estrenado 2017 con  uno de esos directores emblema, un artista complejo, inquieto, polémico, incisivo y, a todas luces, demoledor. Roman Polanski no deja a nadie indiferente. Sus obras suelen venir cargadas de enorme hendidura dramática, análisis de la conducta humana y una buena dosis de oscurantismo plástico.

En esta receta - de aparente positivismo visual - se encierra una suerte de obra teatral con una mezcolanza de ingredientes y giros argumentales de lo más variopinto. Al ver el plato casi como un escenario y las dos piezas de aguacate sobre él, mi chiflada mente ha escogido la potente y claustrofóbica pieza del genio de origen polaco "La muerte y la doncella" 

Uno poco de antecedentes... 

Polanski fue allá en los 60 y 70 uno de los grandes directores europeos con un ojo cinematográfico distinto. Antes de su desembarco en Hollywood, ya había firmado obras clave como "Repulsión" o "El cuchillo en el agua", que empezaban a dar muestras de la mente incisiva de un cineasta original, perverso en muchos trazos y con un ansia absoluta por indagar en diversos géneros del séptimo arte.

En 1967 se estrena en Estados Unidos con la divertidísima comedia "El baile de los vampiros", para luego asentarse con la descomunal obra de terror "La semilla del diablo" (Ver cine-receta) y, seis años después, fascinaría al mundo entero con su inconmensurable "Chinatown". Polanski estaba en la cresta de la ola. Pero su vida, asediada de desgracias (desde la pérdida de su madre en el campo de concentración de Auschwitz, pasando por el terrible asesinato de su esposa embarazada Sharon Tate a manos de Charles Manson y familia, y terminando por sus escarceos pecaminosos con una chica de trece años, lo que le obligaría a fugarse de Estados Unidos, para no volver a pisarlo jamás) siempre ha sido una montaña rusa de emociones que ha plasmado en la gran pantalla. Seres humanos al límite en situaciones extraordinarias ("Frenético", "El quimérico inquilino", "El escritor", "La novena puerta" o la celebrada y personal "El pianista"...)

"La muerte y la doncella" corresponde a la etapa de los noventa, una época no muy prolífica (sólo hizo tres obras) pero que explotaría con esta obra agónica, desoladora, profundamente cruel y rodada al milímetro, dando muestras del talento que atesora. La historia encierra a tres personajes (Paulina - una maravillosa Sigourney Weaver -, su prestigioso marido abogado y a un médico en apuros, el genial y sombrío Ben Kingsley) en una casa de la costa en el Chile de primeros de los noventa, tras la caída del régimen militar. La tensión va creciendo durante una única noche hasta el punto que Paulina cree reconocer la voz de su torturador en ese "apacible" médico recogido por su marido. A partir de ahí las dudas, el suspense, la venganza y la piedad se van dando cita en un angosto espacio, que nos atrapa segundo a segundo mientras la música de Schubert nos envuelve en una maraña de agonía.

Nuestra cine-receta trata de recrear ese espacio semi-teatral en la cocina. Una casa asediada por una fuerte tormenta, que podría parecer un refugio, pero que en realidad se transforma en un infierno. En nuestra mente el plato "en mitad de la nada" hace las veces de casita de la playa, de escenario del horror, donde empieza a levantarse la tela de araña.

El matrimonio Escobar sostiene una felicidad aparente. Parece que aquella época oscura de la historia de su país pasó, y el verde del aguacate nos da señas de la esperanza que albergan. Personajes firmes en su convicciones, en su ética... Todo parece ir bien hasta la irrupción de un conductor desamparado, Kingsley. Su voz, su forma de respirar, van dando terribles pistas a Paulina, cuyo estrés emocional empieza a brotar, mezclándose todo tipo de sentimientos en el bol de su cabeza: pimientos, tomate, cebolla morada, ajo, Tabasco... Su mente no quiere creer, pero sus entrañas sí: Miranda, ese médico afable fue su cruel y despiadado torturador, el causante del dolor. Y va a destaparle.

Entre Paulina y Miranda empieza a desatarse una contundente y despiadada guerra psicológica. Sobre esa base asentada y optimista del aguacate se desparrama el "pebre chileno" (en homenaje al telón de fondo de la película) como un torbellino de emociones. Ella ataca. Él se defiende. El picante emerge, lo contrarresta la acidez del limón. Tira y afloja. Venganza o piedad. Locura o moral. Cada silencio, cada pausa, cada duda, cada mueca... es una invitación al suspense, a la sospecha, a jugar con el espectador, que no sabe lo que se va a encontrar en cada nuevo bocado.

El tridente protagonista se corona en la cima del clímax. Ese acantilado final que es testigo del gran duelo final, de la última confesión. Así como los tres langostinos se erigen en lo alto de nuestra receta. Desnudos, cocidos, despojados de todo... Miranda termina por asumir su culpabilidad, y bañados por la misma mayonesa o por la misma condición humana, y con el entresijo de ingredientes/emocione por debajo, el ansia de venganza de Paulina se disipa en la bruma...

"La muerte y la doncella" es una excepcional disección de la brutalidad humana y de cómo los límites de la crueldad son casi invisibles. Polanski logró con esta película clavarnos en la butaca, agarrarnos del pescuezo y mantenernos en tensión constante, porque el suspense es no mostrar, sino sugerir, sin artificios. Y aquí pocos hay, todo es tan directo como un puñetazo al mentón. Nuestra cine-receta ha intentado homenajear esa intensa contienda de ágiles diálogos, silencios como puñales y con esos toques chilenos tan propios de la película.

Poned a todo volumen a Schubert y dejad que esta doncella culinaria os lleve a una muerte dulce...

miércoles, 4 de enero de 2017

DEGUSTANDO EL CALLEJÓN DEL GATO. Paso 5: La Fragua de Vulcano


 Taberna La Fragua de Vulcano

Tras sucumbir al cruce de caminos culinarios de la Taberna Espartana y Las Brasas, seguimos surcando los adoquines del callejón del Gato en busca y captura de buena materia prima, de ambientes auténticos y de viandas caseras que nos alegren el estómago y, ya puestos, la vida. Que de eso va esta degustación callejera.

A pocos pasos - si acaso-, llegamos ya a la esquina de Álvarez Gato con la calle Nuñez de Arce donde se erige esta suerte de "herrería" de la cocina, cuyo nombre, "La fragua de Vulcano", hace honor al óleo del maestro Velázquez.

Este lienzo cuenta el instante en el que Apolo, flamante dios del sol, fue al taller del herrero de los dioses del Olimpo, Vulcano, para notificarle que su esposa Venus le estaba siendo infiel con Marte, el dios de la guerra. En sus trazos se observa la reacción de Vulcano ante la noticia de "los cuernos", al tiempo que el hiperrealismo velazquiano recrea con extremada precisión los cuerpos de sus cíclopes míticos a los que el pintor les concede un segundo ojo...

Vista de la fachada de "La fragua de Vulcano", flanqueda por azulejos ornamentales numerados uno a uno...

Y nosotros, con ambos ojos bien abiertos, nos adentramos más allá de la representación pictórica, pues "La fragua de Vulcano" es, ante todo, una taberna de reunión, comandada por Miguel - que traza las pinceladas de todo lo que ahí acontece cada día - y donde fraguaremos una excelente vivencia, bañada en su sangría casera, en su vermú de grifo Zarro, en sus cañas perfectamente tiradas y siempre acompañadas de una generosa tapa casera (alitas de pollo, mejillones en salsa americana, tortilla de patata, taquitos de ibérico o unas buenas lentejas para entonar el estómago)

Tirando la caña con precisión casi quirúrgica...
Sirviendo sangría casera para iniciar la aventura...
El jamón ibérico se corta a cuchillo en el momento...

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La "Fragua de Vulcano" es una taberna con una amplia oferta gastronómica tanto para el turista que quiere descubrir el casticismo puro y perderse en pleno centro de la capital, como para el cliente asiduo que quiere sentirse como en casa. O como en su segunda casa... De un lado o de otro siempre vuelven a la Fragua. Y eso dice mucho de una taberna.

Aquí se respira aroma tradicional que emana de la cocina y que se materializa en su amplia barra curvada de mármol, en los elementos decorativos de las paredes, en los productos expuestos al gran público y en el murmullo constante que se respira en el ambiente. Ese murmullo nos dice una cosa: estamos en un local desenfadado, de conversaciones múltiples, de buen rollo en general...







Hablamos de una estancia auténtica, que sabe transmitir su seña de identidad. Atrás quedan entornos más "imperiales" e históricos, para adentrarnos de lleno en un mundo español, con adornos festivos y azulejos artesanales en su fachada realizados a la vieja usanza, al horno y con tintes originales. Todo un espectáculo para el objetivo de la cámara más inquieta... 


En su amplia oferta gastronómica prima siempre una cosa: el cliente. Su bienestar estomacal y su satisfacción espiritual es la búsqueda incansable de "La fragua de Vulcano". Se trata de comer bien, de disfrutar de la experiencia y de formar parte de esta amigable comunidad.


Y una vez que hayas disfrutado de unos primeros tragos secundados de aperitivos de la casa, toca el momento de abrir la mente y el paladar a otros placeres gastronómicos.

En su carta nos encontramos con sus "cosas de cocina" como: empanadas caseras, tortillas de patatas, jamón ibérico cortado a cuchillo en el momento o callos a la madrileña. Aunque podemos dejarnos seducir por un suculento menú del día a 10 euros. 





Más allá podemos sentarnos en su comedor interior, donde la informalidad de las mesas sin mantel, nos sigue invitando a disfrutar desenfadados de la aventura. Aquí nos topamos con pesos pesados como el rabo de toro, la paella mixta, la fritura de pescado, las albóndigas caseras o el Gran Cocido Madrileño servido en una olla de barro, donde explota tu gula hasta límites insospechados. Y todo aderezado con vinos excelentes y con buena relación calidad-precio. ¿Se puede pedir más?


Y ya cae la noche. El paseo llega a su fin con nuestros estómagos saciados, es hora de que los gatos se recojan o se sirvan un último trago en la terraza. Las luces de esa espectacular fachada (portada en tiempos de National Geographic) nos muestran el camino de casa. Y es que "La fragua", de una manera o de otra, se acabará convirtiendo en un lugar clave en tu ruta culinaria. 

Y saldrás con la extraña y maravillosa sensación de plenitud, pues sabes que vas a volver. La conexión ya se ha fraguado. Velázquez ya te ha incluido en su lienzo. Y Vulcano te esperará con una caña y una tapa en la barra...


Esa mesa vacía lleva tu nombre... ¿A qué esperas para adentrarte en "La fragua"?

miércoles, 28 de diciembre de 2016

CREMA DE COLIFLOR MORADA (La rosa púrpura del Cairo)

Crema de coliflor morada

Esta receta es todo un espectáculo en muchos sentidos. Tiene vistosidad, tiene textura, tiene fantasía, tiene muchas virtudes nutritivas y, sobre todo, tiene el don de sorprender al ojo y al paladar. Una crema de coliflor morada es un plato que nos puede servir de entrante, lo podemos servir en vasitos como aperitivo elegante, como primer plato o como cena ligera para entonar estómagos en tiempos de temperaturas mínimas. Un abanico de posibilidades gigante, como veis.

Crema de coliflor morada

La coliflor morada consiste en plantar las semillas de coliflor y de lombarda juntas. El resultado final tiene el aspecto de una coliflor convencional pero absorbe el bonito color morado de la lombarda. Si tenéis ocasión de haceros con una, no lo dudéis. Merece la pena probarla, fantasear con ella, darle el uso que más os plazca.

Yo aquí he realizado una crema aromatizada con curry, hierbabuena, ajo... pero tanto los añadidos como el plato a elegir queda íntegramente a vuestra elección. Una coliflor morada gratinada en el horno, salteada, un cuscus de coliflor, como acompañamiento de pescado al vapor, en vinagreta... Dejaos llevar por la imaginación para sacarle el máximo rendimiento. Os lo agradecerá.

Y ya si encima, dentro de mi locura gastro-cinéfila, os inspira Woody Allen con su entrañable y maravillosa "La Rosa Púrpura del Cairo" pues mejor que mejor. Así que vamos a sumergirnos en el "cine dentro del cine", en la cocina dentro de la cocina, en una última cine-receta para terminar el año con positivismo, colorismo, risas y una crema espectacular. ¡Mandiles arriba! 

Crema de coliflor morada

INGREDIENTES (4-6 personas)

  • 700 grs de coliflor morada
  • 800 grs de caldo de verduras (o agua)
  • 2 puerros (sólo la parte blanca)
  • 2 dientes de ajo
  • 1 cda de curry de Madrás
  • 200 ml de nata para cocinar
  • 40 grs de Aceite de Oliva 
  • 20 grs de mantequilla
  • Sal y pimienta
  • Hierbabuena o menta fresca 
Tiempo: 40 minutos

Película comparada: "La rosa púrpura del Cairo" (Woody Allen, 1985)

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Elaboración

En una olla amplia calentamos la mantequilla con el aceite - y así evitar que se queme -. Añadimos el puerro bien limpio y troceado y los dientes de ajo picados y sofreímos unos 5-7 minutos.

Incorporamos los ramilletes de coliflor morada - nos guardaremos un par de ellos para el crujiente -, el curry y salteamos brevemente para que cojan un poco de color. Enseguida vertemos el caldo de verduras o el agua. Salpimentamos al gusto, o sea, al tuyo.

Llevamos a ebullición y cuando rompa el hervor bajamos el fuego y dejamos cocinar todo durante 30-35 minutos. O hasta que la verdura quede tierna-tierna. 

Dejamos que enfríe ligeramente y trituramos todo. NOTA: Lo podemos pasar luego por un colador chino para obtener una crema aún más fina si cabe. 

Volvemos a calentarlo en la olla y añadimos la nata. Cocinamos unos 5 minutos removiendo bien para que se integre con la crema. 

Rallamos los ramilletes de coliflor morada reservados hasta tener una especie de "tierra". 

Servimos enseguida en cuencos individuales y espolvoreamos la coliflor rallada y unas hojas frescas de menta o hierbabuena. ¡Que aproveche, hitchcookian@s! 

Película ideal para degustar este plato

THE PURPLE ROSE OF CAIRO
("La rosa púrpura del Cairo" - Woody Allen, 1985)

Tenía ganas extremas de acabar el año cine-culinario con una obra que supusiese mucho para mí. No realizo las suficientes comparaciones con el genio Allen, para lo que su pluma significa para mi mente y destreza, así que hoy le pongo remedio a esta escasez. Que es hora...

Cuando realicé este plato, el color púrpura dominante enseguida me llevó a pensar en mundos de fantasía. Y creo que no hay universo más ficticio que el cine en sí mismo. El cine como divertimento, como ventana para nosotros - espectadores y voyeurs - que nos hace vivir experiencias y aventuras ajenas como propias. Fue entonces cuando mi cabeza alocada se poso en las virtudes de "La rosa púrpura del Cairo", una de mis obras favoritas del director-guionista judío y todo un homenaje al séptimo arte en todo su esplendor. 

Asentemos al genio...

En los años 80, Woody Allen estaba más que consagrado en el panorama internacional y ya atesoraba éxitos de crítica y público (tanto en teatro como en cine), amén de un puñado de Oscars con su memorable "Annie Hall". A mitad de la década se encontraba en la cima de la madurez de su carrera. Atrás quedaban los desternillantes años 70 (con películas del corte de "El dormilón", "Bananas", "Todo lo que quiso saber sobre el sexo" o "La última noche de Boris Grushenko") y empezaba una nueva era donde reinterpretaría el código de la comedia, basada en afilados diálogos e historias universales vistas desde una perspectiva neurótica y cotidiana. Obras como "Manhattan", "Zelig", "Interiores" o "Broadway Danny Rose" empezaban a mostrar una nueva inquietud en el cineasta, donde el amor, el sexo y las relaciones humanas eran su gran seña.

En 1985, año de "La rosa púrpura del Cairo" abarca un concepto de "meta-lenguaje" haciendo ya no una película dentro de una película, sino una película de una película que sale de la pantalla. Una metáfora abrumadora de cómo nos evadimos en el cine de la realidad, y cómo esos dos mundos confluyen en una historia de amor más allá de cualquier código narrativo. 

En tiempos de la Gran Depresión una camarera (Cecilia - Mia Farrow) escapa una y otra vez de su anodina vida laboral y sentimental viendo una película exótica en un cine de Nueva Jersey. Pero un día uno de los personajes de la obra proyectada, "escapa" de la pantalla para vivir la gran aventura de la "realidad". Un detonante mágico, irreal, desconcertante, disparatado y tremendamente imaginativo, que nos habla de ese mundo de ilusiones que es el cine, y cómo, de vez en cuando, se materializa, haciéndonos partícipes protagonistas de su propio argumento. Una metáfora de vivir el sueño... 

Nuestra cine-receta

Más allá del claro tono colorista que predomina en el plato, y que le asemeja al título que da vida tanto a la obra de Allen como a la obra que Cecilia ve sin descanso en el cine, nos encontramos con que "la rosa púrpura" es la protagonista total, el motor de la historia y del cocinado. Cecilia o nuestra crema de coliflor, se erigen como esos seres extraños, inocentes, frágiles y entusiastas en un mundo gris. Donde colocan su nota de color ante un futuro descorazonador. 

El púrpura se nos antoja como ese guiño a los personajes perdedores en tiempos de crisis que vencen gracias a su esperanza vital. O cómo una coliflor morada que podría perfectamente acabar siendo una guarnición colorista, termina por hacerse dueña de un plato, imponer su voluntad, su personalidad, y satisfacer al paladar más crítico.

Pues Cecilia es una pobre desgraciada, vilipendiada por un marido vago (Danny Aiello), que vive encorsetada en un manojo de ramilletes: compacto, inmóvil, apesadumbrado... Poco a poco su obsesión/pasión por ir al cine, va haciendo que se suelte y que fantasee con el amor de un personaje ficticio, el protagonista de "La rosa púrpura del Cairo" (Jeff Daniels).

Y de pronto el sueño se hace incomprensiblemente realidad, y el muro se rompe para dar salida a un hombre irreal. El cocinado de su amor comienza, y empieza a borbotear ese mensaje "alleniano" de reflexionar sobre la fantasía, superar miedos, y cómo las relaciones humanas van más allá de lo meramente real. En nuestra olla Cecilia (o la coliflor morada) empieza a ablandarse, a coger otras texturas y fragancias (entre ellas el curry, condimento exótico en homenaje al Cairo de la película), a dejarse llevar por esa nueva ilusión que le ha traído la vida. 

A medida que el proceso o el romance avanza, la apocada Cecilia va descubriendo que su realidad puede ser algo más, que merece ser algo más. Nadie podía pensar que al comienzo esa extraña coliflor morada, acabase siendo triturada (como una metáfora de su terrible matrimonio, de los abusos de los productores, de la vanidad del "verdadero" actor) hasta convertirse en una soñadora y esperanzadora crema fina, que destacase por su vivo color púrpura, por su sueño de una vida mejor. Una vida que sólo consigue gracias a vivir una mentira. Y eso, amigos, es la magia del cine: fugarnos de lo cotidiano, soñar despiertos, viajar sin movernos, disfrutar de lo irreal...

La hierbabuena acaba sobresaliendo de un final agridulce como un destello de verde esperanza, pues la vida de Cecilia nunca volverá a ser la misma. Hay brotes de un nuevo futuro para ella...

"La rosa púrpura del Cairo" es una pequeña gran joya de Woody Allen, donde se deja ver esa pasión deliciosa por los mundos oníricos, que tanto han protagonizado su cine. Es una película bella, sencilla pero con un trasfondo profundo y reflexivo, cómica, romántica, y perfectamente ambientada en los años 30 americanos. Esta suerte de "caverna de Platón" es una cima en su carrera (a mi modo de ver) y una obra significativa para las que vendrían posteriormente. Nuestra crema de coliflor trata de homenajear ese destello de su genio, trasladando a la cocina su "rosa púrpura". 

Y mientras tanto, seguiremos soñando con el cine... A dos carrillos.

jueves, 22 de diciembre de 2016

TOSTA DE CALAMARES CON CHALOTAS, GUINDILLA Y JENGIBRE

Lo que me gusta salirme de la rutina y probar nuevas fórmulas sin perder el norte. Yo soy de la opinión de que el "bocadillo de calamares" es algo insustituible - bien hecho, se entiende -. Pero me apetecía "darle una vuelta de tuerca" al concepto y hacerle viajar hasta la India, ese fabuloso lugar que tantas y tantas recetas inspiran mi cocina.


En esta ocasión mantenemos al protagonista total, los calamares, y lo animamos de especias y colorido. La cocina india basa todo su maravilloso potencial en las fragancias y los sabores con entidad propia, y en esas mezclas titánicas que catapultan tu nariz y tu paladar a otra dimensión. A otro mundo. A otra época.

De ahí que hayamos otorgado al clásico rebozado de harina un toque distinto con comino, cúrcuma o cilantro. Luego le damos toques crujientes con la chalota y el jengibre, un punto picante con la guindilla o el chile y frescor gracias a la lima y al tomate fresco.


Aprovechamos además unas buenas rebanadas de masa madre de los amigos de The Rustik Bakery para que nos haga de "cama" o de bandeja para exponer este fabuloso y aromático manjar. 

Así que ya sabes, si quieres sorprender, fantasear o directamente probarte en nuevas fórmulas, aquí tienes una oportunidad de lujo. Te aseguro que el resultado es espectacular. Palabra. Y ahora sí, hagamos lo de siempre y... ¡mandiles arriba! 

(Puedes seguirme, si te atreves, en Facebook o Twitter)


Ingredientes (4 tostas)

Para los calamares
  • 1 kg de calamares limpios y cortados 
  • 4 rebanadas de pan The Rustik Bakery
  • 85-90 grs de harina de trigo
  • 1 cdita de comino molido
  • 1 cdita de pimentón picante
  • 1 cdita de cilantro molido (coriandro)
  • 1 cdita de cúrcuma
  • Sal y pimienta negra
  • Aceite de oliva
Para las verduras
  • 3 chalotas (o cebolla roja y 2 dientes de ajo)
  • 90 grs de raíz de jengibre picado o triturado
  • 8 hojas de lima keffir (u hojas de curry) 
  • Chili flakes (guindilla seca, al gusto)
  • Aceite de oliva
Para terminar el plato
  • 2 tomates maduros 
  • Cilantro fresco picado
  • Zumo de lima
Tiempo: 30 minutos

En un bol echamos la harina, las especias, sal y pimienta negra molida. Mezclamos todo bien. NOTA: Aquí puedes experimentar si te apetece, quitar algún i tngrediente, lanzarte con algo de canela y darle un puntito dulce, añadir guindilla molida...


Si el pescadero es majo - que entiendo que sí - os habrá limpiado bien el calamar. Vuestra tarea será la de lavarlo y secarlo bien con un trapo, para luego cortarlo en rodajas o trozos gruesos.

Pasamos cada pieza por la mezcla especiada de harina y los embadurnamos bien. Reservamos.

En un wok o sartén amplia, calentamos 2-3 cucharadas de aceite de oliva y freímos ligeramente las hojas de lima keffir y la chalota a fuego medio. Incorporamos el jengibre picado muy finamente y los chili flakes (guindilla seca). Cocinamos todo hasta que se tuesten y desprendan bien su aroma.

Sacamos a un plato con papel absorbente para eliminar el exceso de grasa.


En el mismo wok o en una freidora con abundante aceite caliente, vamos friendo por tandas los calamares durante 3-5 minutos. NOTA: Importante no arremolinarles, así no bajamos la temperatura del aceite y nos aseguramos que se nos doren por igual.

Por último toca integrar todos los procesos, así que mezclamos con cuidado los calamares ya fritos con la chalota, el jengibre y la guindilla. 


Pasamos por la sartén las rebanadas de The Rustik Bakery para tostarlas. Disponemos los calamares sobre cada una y terminamos esta gran obra con un poco de tomate troceado, cilantro fresco picado y un poco de zumo de lima por encima.

¡Que aproveche, hitchcookian@s!